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Chupacabras, un animal de cine
 

El 9 de enero de 2014 se publicó en “Principia”, el suplemento de divulgación científica del periódico “Diario de Avisos” de Santa Cruz de Tenerife, coordinado por Verónica Martín, el artículo titulado “Chupacabras, un animal de cine”, escrito por Ricardo Campo Pérez, Doctor en Filosofía y miembro del Aula Cultural de Divulgación Científica. Por su gran interés lo reproducimos más abajo. Se puede descargar el artículo en su formato original en ESTE ENLACE.

Chupacabras, un animal de cine.

Desde mediados de los años 90 el chupacabras se convirtió en un habitante más de la imaginación de los criptozoólogos. Se trataba de un presunto ser que, inicialmente en Puerto Rico, se dedicó a atacar y matar ganado para sorberle la sangre. Fue un bulo convertido en leyenda gracias a los medios de comunicación sensacionalistas, todo ello sin el más mínimo apoyo en forma de evidencia válida. Como indica Benjamin Radford en su imprescindible libro Tracking the Chupacabra. The Vampire Beast in Fact, Fiction, and Folklore (University of New Mexico Press, 2011), nuestro vampiro prosperó en la isla caribeña gracias al sentimiento anti-norteamericano (se pensaba, entre otras posibilidades, que la bestia había sido creada por el Ejército USA), y a una mezcla de creencias vampíricas y leyendas sobre seres camaleónicos. De ahí se extendió a Centroamérica y a Estados Unidos, y llegó incluso a España de la mano del periodismo de misterios más basto. Radford analiza en su libro el más que sospechoso parecido físico del chupacabras (una especie de reptil bípedo con garras y una hilera de espinas en la espalda del tamaño de un pequeño canguro) con el ser alienígena de la película Species (1995), la debilidad del primer testimonio y la ignorancia de los numerosos testigos, que confundieron cadáveres de coyotes sarnosos con el chupacabras y desconocían el proceso de descomposición de aquéllos (rigor y livor mortis), entre otros muchos detalles de la leyenda. Ni un solo análisis de ADN arrojó nada extraño ni alienígena. Confirmó, en cambio, que cualquier especulación puede, en lugar propicio, extenderse de boca en boca y de mente en mente hasta convertirse en una epidemia luego explotada en revistas multicolores por periodistas del absurdo.



A toro pasado, la leyenda del chupacabras llegó a Tenerife. En 1997 un informador local del mundo misteriosillo dio una visión chupacabril de unos hechos que habían ocurrido en Taco y Guamasa en mayo de 1979, cuando aparecieron muertos diversos animales domésticos (perros y cabras) a los que, supuestamente, habían extraído la sangre y el corazón. La prensa de la época especuló durante más de una semana sobre los posibles autores de las “inexplicables” muertes, señalando que reinaba entre los vecinos de Taco un estado de inquietud e intranquilidad, y que algunos pensaban que podía ser un “fenómeno extraterrestre” (estaban de moda las visiones de ovnis y el 5 de marzo se habían observado y fotografiado los efectos en la alta atmósfera de varios misiles Poseidon lanzados desde un submarino al oeste del archipiélago). En octubre del mismo año aparecieron más animales sacrificados en Barranco Grande, aunque la conmoción social fue mucho menor que en mayo.

Los dueños de los perros no se ponían de acuerdo sobre el tipo de heridas que tenían los animales y las vísceras que habían sido extraídas; al mismo tiempo, se daba por buena la hipótesis de que tras los sacrificios andaba una secta religiosa que en cualquier momento podía sustituir los cánidos por seres humanos.

Diario de Avisos se hizo eco el 16 de mayo de que varios niños de un colegio de Taco habían visto un bicho (sic), aunque no se había podido averiguar las características del citado. El día 17 el Diario informó, sin entrar en detalles, de que “las muertes de los perros empiezan a ser consideradas como producidas por manos humanas en los medios autorizados”. El asunto terminó olvidándose.

En junio de 2002, al mismo tiempo que llevé a cabo la preceptiva “investigación de campo” en la zona, me puse en contacto con Jorge Bethencourt, que fue el enviado especial del periódico a la zona donde se habían producido las “extrañas” muertes. Me aseguró que “seguimos la historia con no poca carga de dramatismo gratuito que, efectivamente, amplificó los efectos de las acciones de los imbéciles que se dedicaban a despellejar animales”. Este “dramatismo gratuito” es patente en prácticamente todas las noticias aparecidas en aquellos días en la prensa tinerfeña. La Policía Nacional, por su parte, me comentó que “alguien vio una manada de perros, tres o cuatro, que podían haber sido los causantes de las muertes. Éstos debían acercarse hambrientos a la zona en cuestión, procedentes de las zonas altas deshabitadas”. Y así quedó resuelta una historieta local y paranormal montada a finales de los 90 inspirada en hechos inventados al otro lado del Atlántico: en realidad unos cuantos animales muertos a manos de un número no determinado de individuos y una probable manada de canes asilvestrados y hambrientos. Debió ser el “misterio”, que flota en nuestras islas, vaya.

Categoría: Publicaciones Recomendadas.

Ricardo Campo Pérez.
ACDC. 10Ene2014.


Enviado el Viernes, 10 enero a las 10:14:29 por divulgacioncientifica (1271 lecturas)
 
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