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La resistencia ‘jurásica’ del pino canario.
 
Su resistencia al fuego y su gran versatilidad lo convierten en un ejemplar todoterreno, piedra angular, además, de la arquitectura de las islas

Pocas especies pueden adaptarse a la escarpada orografía volcánica del archipiélago canario, pero un árbol cuyo origen se remonta al Jurásico está capacitado para hacerlo: el pino canario (Pinus canariensis). Su resistencia al fuego y su gran versatilidad lo convierten en un ejemplar todoterreno, piedra angular, además, de la arquitectura de las islas.

Hace más de 135 millones de años, en el Jurásico Superior, el mar de Tetis separaba los primitivos continentes de Laurasia (formada por Europa, Asia y América del Norte) y Gondwana (Sudamérica, África, la Antártida y Oceanía). En esas costas nació una conífera ‘camaleónica’, resistente a las condiciones más adversas y que pervive en la actualidad. Es el pino canario (Pinus canariensis).

Fósiles encontrados en Austria, en el sur de Francia y en el levante español corroboran esta hipótesis, reafirmada porque “su pariente más próximo es el pino del Himalaya (Pinus roxburghii), situado a más de 6.000 kilómetros de distancia”, explica a SINC José Climent, director del departamento de Ecología y Genética Forestal del Centro de Investigación Forestal (CIFOR-INIA) en Madrid.



Tras los períodos fríos y la glaciación, la especie quedó restringida al archipiélago canario hace 65 millones de años. En la actualidad, los ejemplares se localizan en Gran Canaria, Tenerife, La Gomera, La Palma y El Hierro, aunque existen restos fósiles también en Fuerteventura.

Acostumbrado a vivir entre los volcanes de las islas, la principal característica de este pino es su resistencia al fuego. “Cuenta con una alta adaptación a las llamas, que le ayudan a eliminar árboles enfermos y favorece la germinación de nuevos individuos”, explica a SINC José Ramón Arévalo, investigador del departamento de Ecología de la Universidad de La Laguna (Tenerife).

La cubierta acorchada del tronco protege al pino del fuego, pero eso no significa que pueda soportar un alto ritmo de incendios. “Existe un gran debate sobre si las llamas le benefician o si su resistencia aflora con catástrofes de gran intensidad pero de baja frecuencia como el vulcanismo”, afirma Climent.

De hecho, los ejemplares más jóvenes no sobreviven a las llamas. “El régimen actual de incendios muy frecuentes puede poner en riesgo su adaptación”, añade el experto. Como consecuencia del fuego, los ejemplares más longevos registran menor crecimiento de su grosor y la formación de anillos de crecimiento no se completa.

“Este crecimiento se detiene porque supone un elevado coste energético para los árboles muy dañados. Cuando el incendio ha destruido su copa, no lo pueden compaginar con la reconstrucción del número de hojas”, indica a SINC Mar Génova, investigadora de la Escuela Universitaria de Ingeniería Técnica Forestal (EIFORNAT-UPM) de Madrid.

Su resistencia a las condiciones más difíciles lo convierte en el mejor candidato para la reforestación, sobre todo en zonas que fueron su antiguo dominio. “Esto abarca áreas que van desde los 600 a los 2.000 metros de altitud en zonas meridionales (al sur), y por encima de los 1.200 metros en puntos septentrionales (al norte)”, señala a SINC Arnoldo Santos, investigador del Jardín de Aclimatación de la Orotava (ICIA) en Tenerife.

Aunque se han plantado algunos ejemplares en la Península Ibérica (en puntos de Sierra Morena, Castellón y Valencia), los expertos coinciden en destacar que su introducción “no resulta positiva” y apuntan a las especies nativas, resistentes al fuego, como la mejor opción. De esta forma, la reforestación se acercaría al proceso natural.

Aparte de este uso forestal, el pino canario actúa como protector de suelos y capta las precipitaciones de zonas influidas por los vientos alisios (que circulan entre los trópicos), lo que aumenta las reservas hídricas.

En cuanto a sus fines ornamentales, a pesar de que en la actualidad su codiciada madera vieja (llamada ‘tea’) es muy cara e impide ser utilizado con fines ebanísticos, históricamente fue una importante fuente de recursos. “La ‘tea’ ha sido la base de la construcción de la arquitectura típica canaria durante siglos”, asegura el experto.

Balcones, puertas, ventanas, techos o suelos eran construidos con esta delicada materia prima, lo que provocó la deforestación de grandes masas arbóreas de Gran Canaria, Tenerife, Hierro y La Palma en el siglo XVI.

La pérdida de ejemplares por culpa de la acción humana obligó a las autoridades de las islas de la época a publicar normativas de conservación y repoblación. Hoy, la especie está muy preservada, al desarrollarse sobre todo en zonas protegidas como el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente (La Palma) y otros parques naturales del archipiélago.

Sin embargo, a pesar de esta protección, la especie se ve amenazada por las plagas, el cambio climático y los incendios muy frecuentes. Su convivencia con otras especies, por el contrario, no supone un problema gracias a su perfil camaleónico.

“Muchas de sus masas son mixtas, con brezos y fayas”, mantiene Climent. “También convive con palmeras, sabinas y cedros canarios, aunque muchas de sus masas son puras porque el espeso manto de pinocha (hojas secas de los pinos) que se forma en el suelo del pinar dificulta que germinen otras plantas”, añade.

A diferencia de otras especies de las islas, que necesitan condiciones menos adversas, el pino canario “es un buen colonizador de terrenos volcánicos jóvenes y se adapta a diferentes altitudes: desde casi el nivel del mar hasta más de 2.300 metros de altitud”, asegura Santos. Por eso, las escarpadas cumbres de las islas más altas no son un desierto volcánico. Si el ritmo de incendios se lo permite, desde allí podrá ser fiel testigo de lo que ocurra en los próximos millones de años.

Fuente: SINC

Enviado el Miércoles, 06 julio a las 13:27:52 por divulgacioncientifica (2982 lecturas)
 
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