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Otro monstruo marino
 

El 25 de julio de 2015 se publicó en “Principia”, el suplemento de divulgación científica del periódico “Diario de Avisos” de Santa Cruz de Tenerife, coordinado por Verónica Martín, el artículo titulado “Otro monstruo marino”, escrito por Ricardo Campo Pérez, Doctor en Filosofía y miembro del Aula Cultural de Divulgación Científica. Por su gran interés la reproducimos más abajo. Se puede descargar la entrevista en su formato original en ESTE ENLACE.

Otro monstruo marino.

A principios de mes fueron hallados en la isla de Sajalín (Rusia) los extraños restos putrefactos de una criatura marina. Las chispeantes mentes de los aficionados al fraude cultural de la criptozoología se pusieron en marcha, y especularon a gusto en los foros de palabrería sin freno de Internet. Luis Alfonso Gámez (http://magonia.com) consultó al zoólogo y paleontólogo británico Darren Naish, que le comentó que “El animal muerto de Sajalín es un berardio de Baird, como ya se ha dicho en línea”. El zifio –o berardio de Baird- pertenece a la misma familia que el zifio de Cuvier que fue hallado en 1935 en la playa tinerfeña de El Médano, y al que ya me referí en un artículo de 8 de marzo del año pasado. Al poco, un aficionado sin identificar plagió el artículo en Internet eliminando, por supuesto, la consulta que realicé a Alberto Brito, catedrático de Biología Marina de la Universidad de La Laguna, que identificó los restos a partir de la foto que acompaña la noticia de La Prensa. Para el sujeto plagiador aquello seguía siendo un “extraño animal marino”, de los que viven en la mente de los criptozoólogos, y el zifio de Cuvier pasó a ser tabú.



Hasta cierto punto es comprensible que la gente sea propensa a creer en cosas raras porque la industria cultural se las ha inoculado en vena desde muy jóvenes. Se resisten así a pensar que unos jirones de músculo y piel medio podridos encallados en una playa puedan pertenecer a un zifio, más o menos un delfín gigante, tan aerodinámico, elegante, juguetón, inteligente y tan promocionado culturalmente en películas y noticias que se refieren a sus habilidades cognitivas. Es más fácil ver un gato podrido en algún descampado, y nadie pretenderá que usted compre alguna idea estúpida al respecto. Pero con un apestoso y gran animal muerto en la playa es distinto. Esta situación puede llevar a algunos a descartar la opinión del experto que identifica los restos porque sus prejuicios u opiniones preformadas no están basados en lo que realmente se sabe sobre la fauna marina sino en unas interminables posibilidades posiblemente posibles, es decir, en lo que a alguien le da la gana pensar porque le gusta y le apetece, lo que le lleva a catalogar como dogmático al experto que se atreva a descartar el misterio. Esto es la norma en el mundo del periodismo del cuento paranormal: piden con frecuencia el reconociendo de los científicos, pero rechazan su opinión cuando no coincide con sus fabulaciones periodísticas, es decir, cuando no son vendibles.

Tampoco parecen comprender que no se puede invertir tiempo y dinero para analizar cualquier carroña que aparezca en las playas, que son miles los cetáceos que mueren en las costas de todo el mundo al año, y que es más de fiar la opinión de un profesional y conocedor de la fauna que la de quien apunta la posibilidad de que sea un espécimen perdido de pakicetus o ambulocetus (antepasados fósiles de las ballenas actuales), o que quizá o que tal vez… Porque no es que la opinión del zoólogo se la sacara de la manga, sino que resulta que el bicho hallado tiene un tamaño semejante al de los zifios de Baird; su forma se asemeja a la de los cetáceos; su morro es igual al de los zifios de Baird; y los restos se encontraron en una playa que está en la zona del planeta que habitan los zifios de Baird, en el sector ruso. ¿Qué podemos pensar? ¿Es sensato elucubrar que tal vez sea un monstruo marino desconocido o el primo perdido de ambulocetus? ¿Es dogmático el zoólogo que habló de un zifio de Baird sin realizar un análisis genético?

En una conversación de Internet, inútil como la mayoría, me pusieron como ejemplo paralelo el del ornitorrinco, “una criatura extraña, que, sin embargo, ahí está”. Pero no, el ornitorrinco no es una criatura extraña. No cuando estamos hablando de “monstruos” marinos putrefactos que tienen todas las papeletas de ser un zifio de Baird. El ornitorrinco es solo una criatura extraña culturalmente. Que produzca leche pero no tenga mamas, que ponga huevos y que tenga veneno son cosas de la biología evolutiva, no de un criptozoólogo al que se le cruzaron los cables más de la cuenta y dictó un domingo por la tarde que tal ser tenía que existir. En la misma situación está el okapi, extraño porque hay pocos, y usado también como cebo por los criptozoólogos para igualarlo al Bigfoot, al monstruo del lago Ness y a los imposibles dinosaurios de las selvas africanas. También hay criptozoólogos que se desviven por los calamares gigantes, algo difícil de entender: los architeuthis son reales, se conoce su ADN y están perfectamente clasificados. Tantos éstos como los celacantos son ejemplos que van en contra de la criptozoología y la creencia en maravillas sin pruebas. Pero, ¡qué sería del verano sin una rareza en forma de animalejo extraño o de los platillos volantes que sobrevuelan las redacciones de las revistas mensuales de misterios!

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RCP.
ACDC. 02Oct2015.


Enviado el Viernes, 02 octubre a las 10:11:07 por divulgacioncientifica (2564 lecturas)
 
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